Entre fortalezas, caminos y leyendas, la huella de los caballeros del Temple en las riberas del Duero.
Hay lugares donde la historia no desaparece cuando los hombres se marchan.
Queda en una piedra, en un viejo camino, en el nombre de una ermita o en la memoria de quienes, siglos después, todavía cuentan que allí estuvieron los caballeros de la cruz roja.
Uno de esos lugares es Soria, y particularmente las riberas del Duero.
Pero para hablar con rigor de los templarios sorianos debemos hacer una distinción fundamental: no todo lo que la tradición llama templario está documentalmente demostrado. En el Duero encontramos documentos, tradiciones antiguas y leyendas románticas que se entrelazaron con el paso de los siglos.
Y precisamente esa mezcla convierte al Duero soriano en uno de los paisajes templarios más fascinantes de Castilla.
(Ya sabemos que la mayoría de la documentación fue eliminada)
La presencia templaria en el territorio soriano no es una invención moderna.
Existen referencias documentales a los templarios en la región desde el siglo XII. Una de las fechas más importantes es noviembre de 1146, cuando Alfonso VII concedió al Temple la totalidad de Villaseca de Arciel, cerca de Almenar. El documento constituye una de las primeras donaciones documentadas al Temple en la actual provincia de Soria.
Pero hay algo todavía anterior.
Los primeros tenentes de la Soria medieval aparecen vinculados a la cofradía laica del Temple. Fortún López y Miguel Muñoz de Finojosa, personajes relacionados con la primera organización política de la Soria cristiana, aparecen asociados a esta fraternidad templaria.
Esto nos presenta un escenario muy interesante.
El Temple no llegó simplemente a un territorio vacío.
Llegó a una tierra donde existían nobles, tenentes, concejos, caminos y fortalezas que podían proporcionar a la Orden una red de apoyo.
Y el Duero constituía uno de los grandes ejes naturales de aquella geografía.
Durante los siglos XII y XIII, el Duero era mucho más que un río.
Era una vía de comunicación, una frontera histórica, un corredor natural y también una línea estratégica para controlar los accesos hacia Soria.
Las órdenes militares comprendieron perfectamente el valor de estos espacios.
En las proximidades del río encontramos templarios y hospitalarios, mientras que otras órdenes, como los Calatravos, también tuvieron presencia en la ciudad y su entorno.
De ahí surge una imagen extraordinariamente sugerente: el Duero como territorio de las órdenes militares.
En la propia Soria, San Polo y San Juan de Duero quedaron asociados a dos órdenes distintas: el Temple y los Hospitalarios. La ruta turística oficial de Soria reconoce precisamente esta relación entre ambos enclaves.
Si existe un lugar que la tradición soriana ha identificado durante siglos con los templarios, ese lugar es San Polo.
Situado en la margen del Duero, el antiguo complejo monástico conserva actualmente solamente su iglesia, integrada en el camino que conduce hacia San Saturio.
La tradición atribuye su origen al Temple.
Pero aquí debemos ser rigurosos.
No se conserva un documento medieval que diga inequívocamente: «San Polo pertenece al Temple».
La propia documentación histórica local reconoce esa incertidumbre.
Sin embargo, la tradición es antigua.
Y esto es importantísimo.
En documentos sorianos de finales del siglo XVI, concretamente en textos relacionados con Miguel Martel y con el racionero Marrón, San Polo aparece descrito como una casa que «dicen» que fue del temple.
Por tanto, aproximadamente tres siglos después de la desaparición del Temple, los sorianos seguían conservando la tradición de que San Polo había pertenecido a la Orden.
El edificio que vemos actualmente conserva elementos de transición entre el románico tardío y el primer gótico, y su cronología se sitúa entre finales del XII y comienzos del XIII.
Existe además una tradición relacionada con el llamado Cristo Cillerero, que habría estado en San Polo cuando el lugar era considerado templario.
Así, San Polo queda en una posición histórica muy particular:
no podemos presentarlo como una encomienda templaria demostrada documentalmente, pero sí como un enclave de tradición templaria extraordinariamente antigua.
Cuando alguien contempla los maravillosos arcos de San Juan de Duero, inmediatamente piensa en los templarios.
Pero históricamente el monasterio está relacionado con otra orden: los Hospitalarios de San Juan de Jerusalén.
Los Hospitalarios se instalaron allí durante el siglo XII y transformaron una pequeña iglesia románica preexistente, levantando posteriormente el monasterio. La presencia sanjuanista está documentada, al menos, desde 1190.
Entonces, ¿por qué todo el mundo lo relaciona con los templarios?
La respuesta tiene nombre y apellido:
Gustavo Adolfo Bécquer.
En 1861, Bécquer publicó El Monte de las Ánimas, y convirtió este paisaje del Duero en escenario de una historia protagonizada por los espíritus de antiguos caballeros templarios.
Bécquer conocía probablemente la tradición soriana que situaba a los templarios en San Polo, pero trasladó literariamente la leyenda hasta San Juan de Duero, mucho más espectacular para su relato.
Y así nació una de las asociaciones templarias más famosas de España.
La literatura terminó haciendo lo que los documentos no habían hecho: convertir San Juan de Duero en un lugar eternamente templario.
Aquí aparece una de las imágenes más hermosas de esta historia.
En las proximidades del Duero encontramos:
SAN POLO Tradición templaria y SAN JUAN DE DUERO, Hospitalarios.
Dos órdenes militares, dos comunidades religiosas y guerreras, dos establecimientos situados en el mismo espacio estratégico y un mismo objetivo general: proteger caminos, personas, bienes y territorio dentro de la sociedad cristiana medieval.
No debemos imaginar necesariamente una rivalidad permanente. Temple y Hospital eran órdenes diferentes, con patrimonios y estructuras propias, pero pertenecían al mismo universo de las órdenes religioso-militares surgidas y desarrolladas en el contexto de las Cruzadas.
La huella de las órdenes militares continúa por las tierras del Duero soriano.
En Hortezuela, actualmente vinculada al ámbito de Berlanga de Duero, encontramos otra pieza importante de esta geografía.
Pero aquí debemos volver a ser muy precisos:
Hortezuela está documentada fundamentalmente como enclave hospitalario.
La documentación soriana señala que la Orden de San Juan tenía jurisdicción espiritual sobre la iglesia de San Juan de Hortezuela.
Por ello no debemos convertirla gratuitamente en una iglesia templaria.
Su importancia reside en otra cuestión:
demuestra hasta qué punto las órdenes militares estaban implantadas en el territorio soriano y cómo sus dominios se entrelazaban alrededor de los grandes caminos y centros medievales.
Otro enclave que aparece relacionado con la geografía templaria soriana es Almarail.
La documentación historiográfica sobre las órdenes militares en Soria recoge la ermita de Almarail entre las posesiones atribuidas a la encomienda templaria de Soria.
Almarail se encuentra en el ámbito del Duero y posee además un patrimonio medieval extraordinariamente interesante.
En la ermita de la Virgen del Duero se conservaron elementos artísticos de gran antigüedad, entre ellos restos de pintura sobre madera fechados en la primera mitad del siglo XII.
Por tanto, cuando seguimos la huella del Temple por el territorio soriano, Almarail merece ocupar un lugar destacado.
A veces imaginamos al templario únicamente con espada, lanza y caballo.
Pero una encomienda templaria era mucho más.
Una casa templaria podía reunir: tierras de cultivo, huertas, ganado, molinos, rentas, capillas, almacenes, caminos, hospedaje, hombres dependientes, caballeros, sargentos y recursos económicos destinados a sostener la actividad de la Orden.
Por eso debemos mirar San Polo, Almarail y los demás enclaves no únicamente como lugares militares, sino como piezas de una red económica, religiosa y estratégica.
El Temple necesitaba alimentar a sus hombres.
Necesitaba mantener caballos.
Necesitaba transportar mercancías.
Necesitaba financiar sus fortalezas de frontera.
Y para todo ello necesitaba precisamente territorios como los del Duero.
Encontramos una pieza fundamental para comprender la presencia templaria soriana.
La documentación historiográfica recoge el monasterio de San Juan de Otero como un establecimiento templario, aunque durante siglos su localización exacta se confundió con otros lugares, especialmente San Polo y San Bartolomé de Ucero.
Un estudio publicado por el Ayuntamiento de Soria recoge la propuesta de localizarlo en un cerro del término de Fuentes de Soria, siguiendo la descripción transmitida por Francisco de Rades y Andrada en 1572.
Existe un personaje que conecta directamente este monasterio con la nobleza soriana:
Frey Fernando Núñez de Fuentearmegil.
Según Rades y Andrada, recibió el hábito templario en el convento de San Juan de Otero, en la diócesis de Osma, y posteriormente pasó a la Orden de Calatrava.
Esto es extraordinariamente importante.
Porque nos demuestra que en el entorno soriano existió una auténtica red templaria, y que San Polo no debe estudiarse de forma aislada.
Hablemos de Bécquer: En El Monte de las Ánimas, los antiguos caballeros templarios regresan durante la noche de difuntos.
Sus caballos vuelven a escucharse.
Las armaduras vuelven a resonar.
Los muertos regresan desde el monte.
Y el Duero se convierte en frontera entre el mundo de los vivos y el de los muertos.
Pero debemos recordar:
Bécquer escribió literatura, no una crónica histórica.
Su mérito no consiste en demostrar que los templarios estuvieron en San Juan de Duero.
Su mérito consiste en algo diferente:
conservó y transformó en literatura la memoria templaria que todavía vivía en la tradición soriana.
¿Qué podemos afirmar realmente?
Después de separar documentación y leyenda, podemos establecer esta clasificación:
Temple documentado
Villaseca de Arciel, donación de Alfonso VII en 1146.
San Juan de Otero, monasterio templario documentado en la tradición historiográfica, aunque su localización exacta ha sido objeto de debate.
Almarail, atribución a la encomienda templaria de Soria recogida en la historiografía soriana.
Tradición templaria antigua.
San Polo, tradición existente al menos desde finales del siglo XVI, pero sin documento medieval conservado que pruebe inequívocamente su pertenencia al Temple.
Hospitalarios.
San Juan de Duero perteneció a los Hospitalarios de San Juan de Jerusalén, con presencia documentada desde 1190.
San Juan de Hortezuela, relación hospitalaria documentada.
Hoy el Duero sigue pasando lentamente bajo las colinas de Soria.
El río ya no separa ejércitos.
Los castillos han perdido sus guarniciones.
Las encomiendas dejaron de escuchar el sonido de los cascos de los caballos.
Pero las piedras permanecen.
San Polo conserva el eco de una tradición templaria que los sorianos ya contaban en el siglo XVI.
San Juan de Duero conserva los extraordinarios arcos de los Hospitalarios, aunque Bécquer los convirtió para siempre en escenario de caballeros del Temple.
Almarail nos acerca a la presencia patrimonial atribuida a la encomienda soriana.
San Juan de Otero nos recuerda que sí existió un establecimiento templario soriano documentado por la tradición histórica, aunque su localización haya sido objeto de discusión.
Todo ello nos permite comprender una verdad: El Temple soriano no debe buscarse únicamente en una iglesia o en una ruina. Hay que buscarlo en una red de caminos, propiedades, encomiendas, nobles, monasterios y territorios que formaban parte de aquella gran organización medieval.
Y quizá por eso, cuando cae la noche sobre el Duero, resulta fácil comprender por qué Bécquer imaginó que los antiguos caballeros todavía podían regresar.
Porque aunque la Orden desapareció en 1312, su memoria nunca abandonó completamente estas tierras.
FR ✠ ✠ José Manuel Sánchez.
-Preceptor Nacional.
-Maestro de Ceremonias del Priorato de Andalucía.
-Canciller de caridad delegación de Andalucía ONG Templarios del Mundo .
-Canciller de la Encomienda de Sevilla.
✠ ✠ 𝔑𝔬𝔫 𝔫𝔬𝔟𝔦𝔰 𝔇𝔬𝔪𝔦𝔫𝔢 𝔫𝔬𝔫 𝔫𝔬𝔟𝔦𝔰, 𝔰𝔢𝔡 𝔑 𝔬𝔪𝔦𝔫𝔦 𝔗𝔲𝔬 𝔡𝔞 𝔤𝔩𝔬𝔯𝔦𝔞𝔪 ✠ ✠
