Hubo un tiempo en que la provincia de Cádiz no era la tierra tranquila que hoy conocemos. Era la última frontera entre dos mundos. Al norte, los reinos cristianos; al sur, el poder del Islam nazarí y el dominio estratégico del Estrecho de Gibraltar. Cada colina ocultaba un vigía, cada fortaleza esperaba un ataque y cada camino podía convertirse en una emboscada.
Fue en aquellos años del siglo XIII cuando los caballeros de la Orden del Temple llegaron a estas tierras para servir a Dios y al rey. No vinieron buscando riquezas. Vinieron para custodiar la frontera, proteger a los peregrinos y asegurar los caminos que unían Sevilla con las fortalezas del sur.
Su presencia en la provincia fue limitada y no tan extensa como en Aragón o Portugal, pero sí formaron parte del esfuerzo militar de la Reconquista y de la defensa de enclaves estratégicos.
Las murallas de Medina Sidonia dominaban el horizonte. Desde ellas podía vigilarse gran parte de la campiña gaditana. Los templarios conocían bien el valor de aquella posición. En sus patrullas recorrían senderos polvorientos bajo un sol abrasador, con la espada al cinto y la cruz roja sobre el manto blanco, siempre atentos a cualquier incursión enemiga.
Más al sur, en las sierras que miran al Estrecho, fortalezas como Castellar de la Frontera eran auténticos centinelas de piedra. Desde sus almenas se observaban las rutas que comunicaban el reino de Castilla con el Campo de Gibraltar.
Allí el silencio solo era roto por el viento, el toque de un cuerno o el galope de un caballo anunciando noticias de la frontera.
Las noches eran largas. Los hermanos velaban en oración antes de ocupar las murallas. Sabían que cualquier amanecer podía traer una batalla. Sin embargo, su mayor fuerza no residía en la espada, sino en la disciplina, la obediencia y la fe.
Cuando en 1307 comenzó la persecución contra la Orden y pocos años después el Temple fue suprimido, también en estas tierras se apagó la llama templaria. Sus bienes fueron absorbidos por otras órdenes militares y el paso del tiempo borró casi todas las huellas materiales. Pero la memoria permaneció viva en castillos, caminos y leyendas que aún hoy evocan a aquellos caballeros guerreros.
Que quien visite hoy las fortalezas de Cádiz no vea únicamente piedra antigua. Que imagine el sonido de las cotas de malla, el crujir de los escudos, el rezo de los salmos antes del combate y el juramento de aquellos hombres que, bajo la cruz patada, entregaron su vida por aquello que consideraban justo.
FR ✠ ✠ José Manuel Sánchez.
-Preceptor Nacional.
-Maestro de Ceremonias del Priorato de Andalucía.
-Canciller de caridad delegación de Andalucía ONG Templarios del Mundo .
-Canciller de la Encomienda de Sevilla.
✠ ✠ 𝔑𝔬𝔫 𝔫𝔬𝔟𝔦𝔰 𝔇𝔬𝔪𝔦𝔫𝔢 𝔫𝔬𝔫 𝔫𝔬𝔟𝔦𝔰, 𝔰𝔢𝔡 𝔑 𝔬𝔪𝔦𝔫𝔦 𝔗𝔲𝔬 𝔡𝔞 𝔤𝔩𝔬𝔯𝔦𝔞𝔪 ✠ ✠
