Año del Señor de 1250. En las tierras del Nilo, donde la soberbia de los príncipes se enfrentó a la astucia de Oriente, el Temple sostuvo la Cruz cuando todo parecía perdido.

Cuando Luis IX de Francia decidió dirigir la Séptima Cruzada contra Egipto, la Orden del Temple acogió el plan con prudencia. Los templarios no eran ajenos a aquellas tierras, habían combatido allí décadas antes, conocían el valor estratégico del delta del Nilo y sabían que Egipto no caía por fervor, sino por control logístico y fluvial.

El maestre del Temple, Guillaume de Sonnac, aconsejó al rey consolidar Damieta, fortificar posiciones, esperar refuerzos y estudiar las crecidas del Nilo.
Pero la voluntad real y el entusiasmo de la nobleza franca impusieron el avance.
El Temple, fiel a su Regla, obedeció sin compartir la ilusión.

Tras la toma de Damieta (junio de 1249), lograda sin resistencia, la ciudad se convirtió en un campamento desordenado. Mientras muchos nobles celebraban una victoria que creían definitiva, el Temple asumió las tareas esenciales como la custodia de murallas y puertas, protección de almacenes y hospitales,
mantenimiento del orden entre tropas y civiles.
Los templarios comprendían que Damieta era una llave, no el reino entero.
Cada día de inacción debilitaba al ejército cruzado y fortalecía al enemigo.

En febrero de 1250, gracias a un vado descubierto en el Nilo, el ejército cruzado logró cruzar hacia Mansurah, plaza clave del sultanato ayyubí.
Fue entonces cuando Roberto de Artois, hermano del rey, actuó con temeridad.
Sin esperar al grueso del ejército, lanzó un ataque directo contra la ciudad.
Los templarios advirtieron del peligro, pidieron esperar refuerzos, pero, dada la orden, no abandonaron a los suyos.
Junto a Roberto de Artois entraron caballeros franceses, hospitalarios, y unos 300 templarios, dirigidos por oficiales veteranos de Oriente.
Entre ellos se hallaban Guillaume de Sonnac, maestre del Temple, Jean de Ronay, mariscal del Temple, responsable directo del combate,
y varios comendadores cuyas crónicas se perdieron con sus cuerpos en las calles de Mansurah.

La ciudad se convirtió en un infierno. Las calles estrechas anularon la caballería pesada. Las salidas fueron cerradas. Los mamelucos, dirigidos por el enérgico Baibars, atacaron desde todos los flancos.
El combate fue casa por casa, cuerpo a cuerpo, sin posibilidad de retirada.
Roberto de Artois murió.
La mayoría de los templarios cayó combatiendo, rodeados, fieles a su voto.
El maestre Guillaume de Sonnac fue gravemente herido y perdió un ojo, pero logró romper el cerco con un pequeño grupo de supervivientes, llevando consigo el estandarte del Temple, desgarrado y ensangrentado.
Desde Hattin, la Orden no había sufrido una pérdida tan devastadora.

Pese a la hecatombe, el Temple no se disolvió.
Reorganizó la defensa del campamento, la protección del rey y las comunicaciones entre unidades dispersas.
Mientras la disentería y el hambre diezmaban al ejército cruzado, los templarios mantuvieron la disciplina, escoltaron convoyes y defendieron a los enfermos y heridos.
El mariscal Jean de Ronay, superviviente de Mansurah, fue clave en mantener la cohesión templaria durante los días más oscuros.

En abril de 1250, Luis IX ordenó la retirada hacia Damieta.
Era ya demasiado tarde.
Cerca de Fariskur, el ejército cruzado fue rodeado. Exhaustos y sin víveres, los cristianos no pudieron resistir.
El Temple y el Hospital formaron la retaguardia, conscientes de que aquella misión significaba la muerte o el cautiverio.
Muchos templarios murieron allí.
Otros fueron capturados y ejecutados.
Pocos sobrevivieron.
Pero gracias a esa resistencia la retirada no se convirtió en matanza total, y el rey pudo rendirse con cierta dignidad.

Luis IX fue hecho prisionero y llevado a Mansurah, encerrado en la casa del escriba Ibn Luqman, bajo custodia del eunuco Sahíl.
Durante el cautiverio los templarios actuaron como intermediarios, ayudaron a mantener la disciplina entre los prisioneros, y participaron en las negociaciones del rescate.
La Orden contribuyó al pago de las 400.000 libras tournesas exigidas y organizó la entrega ordenada de Damieta, evitando saqueos y represalias contra los cristianos.

Para el Temple, Mansurah no fue una gloria, sino una advertencia eterna. La fe sin prudencia conduce al martirio inútil, el ardor sin disciplina lleva a la ruina, y Oriente no perdona la ignorancia.
La Orden no culpó a Dios, sino a los hombres.
Allí murieron centenares de hermanos obedientes, sacrificados por decisiones ajenas, fieles hasta el final a su voto.

El rey fue liberado.
Damieta fue perdida.
Egipto quedó fuera del alcance de la Cruz.
El Temple sobrevivió, mutilado pero firme, cargando en silencio con el peso de Mansurah.
No fue una derrota gloriosa.
Fue una cruz.
Y el Temple la llevó sin quejarse.

FR ✠ ✠ José Manuel Sánchez.
-Preceptor Nacional.
-Maestro de Ceremonias del Priorato de Andalucía.
-Canciller de caridad delegación de Andalucía ONG Templarios del Mundo .
-Canciller de la Encomienda de Sevilla.

✠ ✠ 𝔑𝔬𝔫 𝔫𝔬𝔟𝔦𝔰 𝔇𝔬𝔪𝔦𝔫𝔢 𝔫𝔬𝔫 𝔫𝔬𝔟𝔦𝔰, 𝔰𝔢𝔡 𝔑 𝔬𝔪𝔦𝔫𝔦 𝔗𝔲𝔬 𝔡𝔞 𝔤𝔩𝔬𝔯𝔦𝔞𝔪 ✠ ✠